lunes, 28 de septiembre de 2015

SEVILLA TIENE UN COLOR ESPECIAL
Esta mañana he dado un paseo por Sevilla con mi cuñado Joaquín Mon. Desde Mairena del Aljarafe dim os un paseo campestre hasta el metro. El metro es transporte público limpio, o casi limpio, que acerca a los ciudadanos de una punta a otra y les lleva desde el Aljarafe, Mairena del Aljarafe, San Juan de Aznalfarache, a diferentes partes de la ciudad: Parque de los Príncipes, Los Remedios, Puerta de Jerez, prado de Samn Sebastián, San Berbnardo, Gran Plaza, y luego continúa por barrios periféricos del Sur oeste hasta llegar a la sede la Universidad Pablo de Olavide, y la barriada de Montequinto. Lástima que en Sevilla sólo haya una línea y en el horizonte no parece que haya dinero y entusiasmo para proseguir ampliando la red para que el metro llegase a otros barrios sevillanos. Salimos del metro, en Puerta de Jerez. Este lugar céntrico aireado por los jardínes de Cristina, la fuente poética moderna que nos lleva hacia la otra más clásica de los meones, frente al Hotel Alfonso XIII, lugar de celebración de los béticos y sevillistas, siempre que culminan una gesta deportiva con la obtención de algún trofeo que exhiben ante la afición que llenará la plaza centenaria en la que se halla la casa edificio Yanduri, donde una loseta de piedra recuerda que allí nació el 26 de abrio de 1898 el poeta sevillano y universal Vicente Aleixandre, representante de la generación del 27, y premio nobel de literatura en 1977, quien murió en Madrid en 1984:
Adolescencia: "Vinieras y te fueras dulcemente, / de otro camino/ a otro camino. Verte,/ y ya otra vez no verte./ Pasar por un puente a otro puente./ -El pie breve,/ la luz vencida alegre-./
Muchacho que sería yo mirando/ aguas abajo la corriente,/ y en el espejo tu pasaje/ fluir, desvanecerse."
Y allá cogimos la Avenida de la Constitución y pasamos entre músicos, como el mariacho de Triana que canta muy bien rancheras, aunque él empezó cantando lírica y sueña con ser tenor, un saxofonista que se acompaña con música enlatada, la chica alegre de color del cacao que vende sus pañuelos en la esquina de Gonzalo Vinuesa, y algún mendicante que coloca un cartón contando sus penas para que los viandantes depositen algunas monedas en el plato que coloca delante de sí. Y la FNAC que se mantiene ahí con su fachada de exttraordinarias fotografías, destacando Curro Romero y Estrella Morente y en su interior la juventud comprando o visionando discos, juegos de consola, o acaso interesandose por la solapa de algún libro que piensan comprar para ellos o para regalarlo. Y la plaza de San Francisco donde todavía quedan en el ambiente escenas condenatorias hacia los acusados por la Inquisición que luego llevarían hasta el Prado de San Sebastián para ser quemados los desgraciados, en la pira pública. Y al pasar por Entrecárceles, Cervantes nos guiña un ojo y nos dice: "No creeros todo lo que dicen de mí, aunque el Quijote es mío, y no lo es de un tal Avellaneda".
Y enfilamos ppor la plaza del Pan y siseando por las callejuelas de esta parte céntrica de la ciudad y llegamos a la Encarnación donde el azul del cielo se ve entre media de unas construciones blancas que simulan paneles de abejas, aunque no lo sean y su forma ancha y redonda ideada por un arquitecto alemán, que se lo llevó calentito, hizo que la voz popular designase como las setas, una especie de elefante entrando en una cacharrería. Desde lo alto de las setas  (3 euros subir en ascensor), se divisa una buena parte de los tejados de la ciudad y las torres y espadañas de algunas de sus iglesias más representativas, empezando por la Catedral de Sevilla y su famosa Giralda, hermana de la Koutoubia de Marraquech y de la torre de la mezquita de Rabat. Varias fotografías den derredor, con la torre Pelli al fondo rasgando el cielo de la Cartuja, y al fondo, el puente del Alamillo que nos señala el norte de la ciudad. Descendimos de las alturas y a pie seguimos por calle Laraña y al llegar a la campana como hacen algunas hermandades tiramos por la calle Sierpes, vena sevillana siempre atestada de gente que va o viene, salvo en las madrugadas cuando se puede disfrutar de esta calle en solitario paseo. Llegamos a la esquina con San Francisco a tiempo de descubri el obrador que Robles ha abierto estratégicamente junto al bar cafetería Laredo en el que hemos pasado tardes leyendo y escribiendo, cuando conseguíamos coger una mesa pegada al amplio ventanal desde el que se divisaba la Giralda y la plaza de San Francisco. Cruzamos una parte de la Plaza Nueva, yo y mi cuñado, y le lleve por la calle Barcelona, pues el es , ciudadano catalán de Barcelona y pasamos por delante de la Flor de Toranzo, siempre esperando al cliente para atenderlo bien, como bien nos atendió Emilio Ezequiel en Casa Moreno, en ese lugar equívoco, pues el escaparate es de ultramarinos finos, pero en el fondo de la tienda se esconde esta barra genialmente pensada en su momento por los dueños, padres y quizá abuelos de Emilio que transformaron la parte posterior del almacén en ese bar entrañable dedicado al mundo del toreo y en el que se disfruta de un vino o de una cerveza acompañada de las deliciosas tapas que suele tener para acompañar a la bebida. Y mi cuñado nos hizo una foto a Emilio Ezequiel (lo que en usté es nombre en mí caso, es apellido). Y me dijo: Le echamos de menos, los domingos en Canal Sur con el programa "Tierra y Mar" y yo le agradecí el recuerdo. Pagamos, nos despedimos y quedamos en volver. Y retornamos a casa andando, cogiendo el metro y deshaciendo el camino andado de la mañana hasta llegar a casa un poco antes de la hora de comer.  Y es que, Sevilla tiene un color especial....
Fotos: 1/ Giralda desde los alto de las setas; 2/ Torre Pelli, desde lo alto de las Setas; 3/ Casa Moreno y 4/ En la trastienda de Casa Moreno con Emilio Ezequiel




 

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