martes, 16 de diciembre de 2014

Fábula: Las ranas y los smartphones
Los anfibios deben tener agua cerca (amphi, ambos; y bios, vida), llevan una doble vida: suelen estar en el agua cuando son jóvenes y fuera de ella cuando son adultos. Algunas especies respiran oxigeno a través de su piel, además de hacerlo con sus pulmones, y sólamente la piel húmeda puede absorber oxigeno. Los anfibios recién salidos del huevo absorben oxigeno del agua a través de su piel y tienen branquias para respirar. Cuando en primavera el sol calienta el agua, las ranas omienzan a salir de sus refugios entre las plantas y en el fondo fangoso, o bajo la tierra. En primavera el macho de la rana común lucha con sus rivales para conseguir una hembra, se pone encima de ella y puede permanecer horas y días. Cuando ella pone los huevos, el macho los fertiliza con sus esperma. La rana común pone sus huevos en grupos que flotan por debajo de la superficie. El oído o tímpano de la rana es una membrana situada situada detrás del ojo. Las ranas tienen buen oído que utilizan para comunicarse croando o silbando, especialmente en tiempo de apareamiento. Yo tengo en un pequeño estanque desde hace varios años, numerosos ejemplares de  rana común, pero días atrás observé con sorpresa, la aparición en la puerta de la cocina de un ejemplar bellísimo, de color verde claro precioso. Le hice una foto con el móvil y se la envié a mi amigo Eduardo Aguilera que es biólogo y me contestó: es una ranita de San Antonio (Hyla meridionales). Me he metido en la Biblioteca Google y sigo aprendiendo: Es del género Hyla arbórea, y del orden de loa anuros, por la carencia de la cola) de unos 4-4,5 cms, no puede superar los 58 mm en los machos y los 60 mm en las hembras.
La ranita de San Antonio me ha vuelto a visitar, son más sociales que las comunes que al mínimo ruido o si te avistan saltan al agua, donde están seguras. La de San Antonio dejó que me acercara o no lo percibio debido a su pequeño letargo otoñal, la cogí, la deposité en una mesa, saltó al suelo, y se dejó fotografiar, me acerqué con el objetivo, y no debió de parecerle bien, porque dio otro saltito y se refugió en un matorral de mirto o arrayán, y desde allí me dejó que le hiciera fotos, como diciendo bueno, venga, haz alguna más para esas distracciones adictivas que teneís los humanos dese hace una década como son las redes y la necesidad de fotografiarlo todo para luego hacérselo saber al pequeño mundo que en círculos sociales sigue vuestras peripecias vivenciales, y me quedé pensando en toda la filosofía que había en el cerebrito de ese pequeño y bello anfibio, y dije es verdad lo que me dice, estamos, o estoy, o mejor me siento, un poco esclavo de esta necesidad impulsiva de hacer fotos, y de comunicar enseguida lo que a  mi me llama la atención, y me pregunto si esto conviene, si es bueno, si nos estamos pasando de rosca, con la necesidad de comunicar con los demás, sin mucho tiempo para la reflexión lo que hacemos. Y también pienso que el tiempo que dedicamos al blog y a Facebook, y a twiter, y a ver los correos, y a estar pendiente e los pítidos-llamadas imperiosas del Whatsapp se lo quitamos al noble e instructivo ejercicio de leer con calma, de escuchar música con serenidad, de hablar con tu pareja de aquellos temas comunes, existenciales y vivenciales que nos interesan a los dos, de hablar con los amigos prestando más atención, y llego a la conclusión no cerrada, de que la ranita de San Antonio tiene mucha razón. Quizá el pensar en la ranita, me sirva  para buscar el equilibrio entre el uso de los instrumentos electrónicos y digitales y no abandonar esas otras prácticas afectivas, sociales, culturales, con las que tanto disfrutamos. Y me pongo un primer reto: Cuando esté en la mesa de mi casa con mi familia, o en un bar, restaurante, venta, o cafetería con familiares y amigos, prescindir totalmente de mirar el móvil, de atender a un pítido, o de contestar una llamada. No créáis que resultará fácil, a juzgar por lo que veo en mi alrededor social. Es frecuente y casi normal, ver en estos lugares públicos, o en el metro, o en el autobús, o andando, a las personas con la cabeza metida literalmente en el móvil, agachada, con riesgo para la integridad de su cuello y su columna, tratando de descifrar un mensaje, de ver lo que le impide ver la luz del día, y ahí bien metida, metido en esa telaraña atractiva que te seduce, no nos damos cuenta que se nos pasa la vida, que es otra cosa, como diría John Lennon, mientras buscamos en el interior de nuestra alma, es decir, en los móviles, convertidos en nuestra prolongación anímica y espiritual, para bien de las grandes compañías telefónicas y mediáticas. Reflexionemos un poco sobre todo esto y sigamos o no, con estas nuevas adicciones que nos trae el espíritu consumista comunicacional. Y  no quiero decir que dejemos de usar los móviles, no, yo no podría, digo que los utilicemos en su justa medida, y cada cual que ajuste la suya, en plena libertad de su conciencia smartphon, ja,ja,ja. Salud y felicidad. Y como las fábulas deben llevar moraleja: Procura observar más la biodiversidad que hay a nuestro alrededor, y deja un poco la dedicación a estar pendiente del smartphone


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